Epílogo

Cierra la consulta

Para que me entiendan, a veces me siento como el tipo de la foto. El que está en el suelo, no el que lo arrastra hasta el coche. Esto de llevar un blog te obliga a vivir con el piloto automático puesto las veinticuatro horas del día, cazando frases en conversaciones ajenas, tomando apuntes mentales al leer la prensa, rumiando mientras conduces y manteniéndote alerta durante el periodo vacacional. Todo para recopilar ideas que luego se puedan plasmar en un post más o menos decente de medio millar de palabras arriba o abajo. Uno no se da cuenta de que lleva el modo bloguero ON permanentemente encendido hasta pasados unos meses, pero para entonces el proceso ya es irreversible y, aunque lo disfrutas enormemente, es justo en ese instante cuando por primera vez surge la funesta idea que a todo bloguero de pro le ha atizado la sesera más tarde o más temprano: “un día de éstos lo dejo”. Pero como te gusta, y sobre todo por respeto a tus comentaristas habituales, pospones la idea y sigues hasta la extenuación.

Cuando empecé esta bitácora en la otra punta de la blogosfera me concedí un plazo de tres años para ver hasta dónde llegaba. La cosa fue en abril de 2005 y por aquel entonces ya calculé que no sería ni rico ni famoso al cumplirse la fecha, aunque me prometí a mí mismo que si lograba fidelizar a una audiencia fija a lo largo de este periodo me mantendría en activo como mínimo hasta abril del 2008 y entonces decidiría. Y, lo que son las cosas, el tiempo vuela y parece que el momento ha llegado: personalmente tengo la sensación de fin de ciclo, o de haber quemado una etapa. A lo largo de estos tres años aquí se ha hablado de lo divino y de lo humano, de lo trascendental y de lo intrascendente, de las cosas serias y de las cosas frívolas; se han comentado noticias curiosas, absurdas y directamente demenciales; se han abordado casi todos los temas de forma irónica (en alguna ocasión habrá salido un post semiserio); hemos pasado buenos ratos y se han montado debates de envergadura. Al final lo que queda es un puñado de escritos (la mayoría malos, algunos pasables y uno o dos bastante potables) y un montón de buenos amigos, pero seguir dándole vueltas a lo mismo una y otra vez termina por perder todo el sentido, porque mis puntos de vista son de sobra conocidos. En otras palabras, que tengo la sesera vacía, que me ha abandonado la musa o que siento que este blog se está muriendo lentamente y no hay nadie en la UVI con los santos cojones de desconectar la máquina.

De un tiempo a esta parte ya no me inspiran las noticias, las conversaciones no me ofrecen material de debate y cuando conduzco mi mente divaga entre cuestiones filosóficas que difícilmente entrarían en esta bitácora, y además ustedes no han hecho nada para que les dé el coñazo de una forma tan insufrible. Sé que muchos se pasan por aquí a diario, sé que algunos incluso comentan obligados por la cortesía y me consta que muchos otros leen en silencio y me enlazan desde la distancia. A todos, gracias. El camino llega a su fin y éste no es el típico post de “oye que lo dejo” para que ipso-facto surjan treinta comentarios animándome a continuar y yo me ponga en plan “bueeeeeno, vaaaaa, mañana seguimos”. Esta vez no. La decisión ha sido meditada y además ahora sí me falta el tiempo para bloguear, cosa que antes no sucedía. Mi jornada cada día anda más llena y el blog me resta horas para hacer las cosas que más me gustan, entre ellas leer. Y claro, si no lees se te agota la fuente de la inspiración y ya no escribes. Por tanto, toca frenar y volver a recuperar aquellos placeres que en su día me llevaron a abrir esta página, porque ahora mismo el pozo anda más seco que un pantano del Pallars.

¿Y ahora qué sucederá? De entrada, que a este blog le caducará el dominio en octubre de este mismo año. Cuando doctorjota.com pase a la historia quedará almacenado en doctorjota.wordpress.com (donde también pueden encontrarlo actualmente: les recomiendo que fijen sus “favoritos” ahí si pretenden conservarlo ad eternum) para quien le guste tirar de hemeroteca y recordar los buenos momentos. Como no pienso borrarlo, aquí lo tendrán para que puedan enlazarlo como mejor les plazca y para que sigan añadiendo sus comentarios en las entradas que consideren que valgan la pena. Doctor Jota morirá, pero no su alter-ego en el mundo real al que, conociéndole, seguro que un día no muy lejano abrirá una nueva bitácora tan buen punto le vuelva a entrar el gusanillo. Una bitácora sin presiones, con pocas visitas, donde volver a comenzar el periplo con la ilusión de un principiante hasta que logre consolidar un nuevo estilo. Les mantendré informados si eso sucede, pero de momento aquí lo dejo. Mis conclusiones tras estos tres años son:

  1. Un post diario con un cierto contenido es un coñazo sólo apto para enfermos.
  2. Lo mejor de la blogosfera son los comentaristas: el blog a la larga se convierte meramente en una excusa.
  3. Ahí fuera hay un mundo repleto de personas reales con el que comentar todas estas tonterías en voz alta: búsquenme por ahí, que si me encuentran organizaremos una tertulia de narices, y sin pulsar el F5.

Cuídense, tengan salud y gracias por participar. Nos volveremos a ver, seguro, pero mientras tanto no se olviden de estas tres temporadas, porque tal vez en un futuro nos topemos por azar y riendo comentaremos aquello de “yo era de los del Doctor Jota”.

Engendrando violencia

Desde que tengo uso de razón que escucho a diestro y siniestro que las películas engendran violencia, que el fútbol engendra violencia, que las religiones engendran violencia, que la pobreza engendra violencia, que la COPE engendra violencia… cualquier excusa es buena para erradicar la culpa del tío que coge un machete y se carga a su esposa, del hooligan que revienta con un bate de béisbol el cráneo de otro, o del quinceañero que aparece en su escuela de Oklahoma con un AK-44 y decide eliminar de la faz de la tierra a sus compañeros de curso. No me entiendan mal: yo creo que en efecto para cualquier desequilibrado todas estas influencias pueden resultar nefastas, pero más como excusa que como raíz profunda de su comportamiento violento. Es decir, que el tarado a lo mejor sí que coge la ‘pipa’ para emular a Mel Gibson en Arma Letal, pero el hecho que decida cargarse a sus vecinos probablemente tenga más que ver con las palizas que le propinaban durante la infancia que con el impacto de la última superproducción Hollywoodiense. Tarados los hay por todos lados, y seguro que la mayor parte de ellos tienen una buena excusa para su comportamiento abyecto, pero en el fondo no es más que eso: una excusa. Piénsenlo bien: siempre existe una justificación para toda historia atroz, pero no por ello explica el origen del hecho en sí.

Dicho de otro modo: cualquier excusa es buena para liarse a bofetadas, y en realidad la raza humana lo viene haciendo cíclicamente desde mucho antes de la existencia del cine, el fútbol, las religiones o Losantos. Es lo que decía Plauto: “el hombre es un lobo para el hombre”, o encierren a un par de tipos con motivos para odiarse en una habitación con un cuchillo en el centro y la cosa terminará seguro en carnicería. Las probabilidades de que el encierro acabe en un diálogo sosegado y en consenso tienden a cero, y eso mismo explica la mayoría de reyertas políticas, sociales, deportivas y étnicas que se viven hoy en día. Da igual que intentemos resolver los conflictos, ¿para qué? Sin ellos el 99% de la población carecería de aliciente al salir de casa: lo anómalo es la civilización, lo normal es el caos. ¡Si lo que quiere la gente es pegarse! Pues dejen que lo hagan, que se vaya todo al cuerno y los demás dediquémenos a tumbarnos en el sofá y a reírnos de todo ello de la mejor forma que sepamos. De momento y para empezar me ha hecho gracia este vídeo, que se mete indirectamente con todas las causas artificiales que en un momento dado pueden generar un “acto de violencia”. Va por el 1% de los cuerdos:

La generación “Cosmo”

Nada como consultar las publicaciones femeninas para hacerse una idea de cómo hemos de reinventarnos los hombres si queremos cazar a las féminas que las leen. Ya hace tiempo que llegó a mi ordenador la relación de los mejores lugares para conocer a un macho comme il faut según la revista Cosmo y aún me dura el ataque de risa, tal es el compendio de estereotipos y falsos clichés que recopila la lista, mucho más reveladora sobre su público potencial o, en su defecto, sobre quién escribe la bazofia de artículos que la pueblan. Que esta publicación sea una de las más vendidas del planeta es algo que escapa a mis escasas luces, y si no me creen, analicemos esa lista y agárrense que vienen curvas. Según los editores de este panfleto, el hombre ideal se dejará caer por:

  1. Una Apple Store
  2. La sala de pesas de un gimnasio
  3. Una de las empresas del Fortune 500 o tecnológicas
  4. Una campaña política
  5. Un bar de deportes el domingo por la tarde

Vale, aquí ya paro (la lista sigue pero tampoco es plan de ponerse a analizarla como si tuviese un alto valor científico). ¿Qué valores transmite este catálogo de lugares típicos y tópicos? El factor ‘cool’-tecnológico (Macs), el factor guaperillas (cachas), el factor “pasta gansa” (multinacional de envergadura), el factor poder (políticos y demás fauna) y el factor social (si vas al bar con los amigotes es que tienes amigotes y no eres un bicho raro que te pasas los días recluido en tu habitación dándole al porno por internet). A mí me gusta el fútbol en compañía de amigotes y soy usuario de Apple, pero poco más. Aunque voy al gimnasio de la esquina las pesas no las toco ni por asomo, la política me la trae floja y a mi empresa familiar aún le quedan un buen par de años para incorporarse a la lista de la revista Fortune. Por tanto, suspendo como “chico Cosmo“.

Aunque es cierto que en esta lista no se exige la pertenencia a todos los grupos de la clasificación, no puedo evitar preguntarme cuántas personas reúnen tales requisitos (¿el 1% de la población, quizás?). Porque lo que está claro es que las mujeres que lean este reportaje buscarán un compendio de todas ellas, pues dudo que les interese quedarse con un fanático de los ordenadores sin un duro o con un hooligan cervecero que se pasa el fin de semana encerrado en el bar frente a una pantalla catódica. Y digo yo que las féminas que recurren a este tipo de artículos como fuente de inspiración ya son mayorcitas como para creer en príncipes azules, ¿no? O tal vez son todas unas adolescentes ilusas, con lo que el futuro para los machos quinceañeros de hoy día se presenta más bien desalentador. Es por ello que lanzo la pregunta al aire: ¿a qué franja de edad van destinadas estas revistas? Y no menos importante, ¿realmente alguien se cree sus artículos?

Si la respuesta a esta última pregunta es “sí”, que venga pronto un cambio climático radical y nos extinga a todos. Si la respuesta es “no”, ¿para qué coño se compra nadie esta revista?

No estás hecho para tener jefe

Miren, yo hoy no tendría que haber escrito este post. En serio, bastaba con fusilar el ensayo original sobre el que se basa y listos. Los más viejos del lugar recordarán una entrada que se tituló Trastos y que se inspiraba en un texto de Paul Graham, que tuvo bastante buena aceptación entre la parroquia de este blog y que me llevó a decidir que de tanto en tanto enlazaría a Graham si escribía alguna nueva genialidad, cosa harto frecuente en su página de Yahoo! Pues bien, el día ha llegado, y el artículo en cuestión se titula You Weren’t Meant To Have a Boss, un texto que llevaba reposando en mi bandeja de entrada unos días, a la espera de poder dedicarle el tiempo necesario (los escritos de Graham son como los buenos vinos: hay que saborearlos sin prisas y en las circunstancias adecuadas). Lo ideal sería que se lo leyeran y listos, pero como está en inglés y es bastante tocho lo resumiré en un par de párrafos, a ver qué les parece.

Graham alude al sector de los programadores, que es el que se conoce más al dedillo, pero yo creo que se puede aplicar a nivel genérico. Empieza diciendo que en una reciente visita a África pudo constatar la diferencia entre los leones enjaulados en un zoo y los que campan libremente por la sabana, y de ahí se saca de la manga una comparación con los trabajadores de las multinacionales y los pequeños emprendedores, según él mucho más libres y con una mayor autoestima. Ello es así porque el estado natural de un recién licenciado sería trabajar por cuenta propia, básicamente porque -siempre según el autor- los seres humanos no están hechos para trabajar en grandes grupos.

El problema es que en las grandes empresas los grupos son de cientos de personas, y como el tinglado resultante desembocaría en caos absoluto se suelen parcelar las áreas de trabajo en subgrupos de diez personas, aproximadamente. Para coordinar estas pequeñas áreas surge la figura del jefecillo, el cual representa a su vez la rama que conecta a ese grupo con el tronco general del árbol que representa la empresa. ¿Me siguen? Y a su nivel hay otro grupito de diez jefecillos coordinado por un ‘big boss’ mayor. Así se van generando grupos de grupos y, por el camino, el trabajador del final de la escala pierde todo margen de maniobra, toda capacidad de innovar y ve cómo todas sus ideas (por buenas que sean) son rechazadas no ya por la decisión de alguien que las ha evaluado a conciencia sino por la propia burocracia del sistema. Es decir, que la libertad de acción del individuo resulta inversamente proporcional al tamaño del árbol empresarial.

Estando así el panorama, lo ideal para la gente con iniciativa sería crear su propia empresa y así huir de las jerarquías. Graham habla de un programador licenciado que fichó por Google pensando que allí aprendería un montón y se encontró con que no sólo no aprendía nada sino que todas sus iniciativas (y para un programador probar cosas nuevas es vital) se cortaban de antemano. Al final terminó por fundar su empresa, y aunque no ha sido un camino de rosas precisamente llegó a la conclusión de que como mínimo trabajando para sí mismo aprendía mucho más, porque se dedicaba a probar cosas que en una multinacional jamás le dejarían. Que luego el negocio acabara en bancarrota es lo de menos, porque lo cierto es que su experiencia laboral había aumentado de forma espectacular.

Como dice el ensayo, “si no se te permite implementar nuevas ideas al final dejas de tenerlas”. Las conclusiones serían dos: para las compañías, que a mayor tamaño mayor lentitud de movimientos a no ser que se evite la estructura en forma de árbol (luego, caos total), por lo que les convendría quedarse en un tamaño reducido; para los individuos, mejor apuntar a las pequeñas empresas que a las grandes si se busca el desarrollo personal.

Y aquí es donde entra mi propia reflexión: si esto es realmente así, ¿cómo es que todos nos matamos por entrar en grandes corporaciones al principio de nuestras carreras, que es cuando más ansias deberíamos tener por aprender? Y a la inversa, ¿por qué en un proceso de selección se valora más la experiencia adquirida en una multinacional que la de una PYME, aunque se haya pegado el gran batacazo financiero? Me da a mí que andamos tan emperrados en buscar nuestra propia seguridad (y esto vale también para los empresarios contratadores) que por el camino perdemos aquello que realmente debería importar en el entorno laboral: la creatividad personal.

El extraño caso de Thomas Beatie

¿Recuerdan una película del hoy gobernador de California llamada Junior? Yo no, porque no la vi, pero me viene a la memoria algo sobre su rocambolesca trama, que giraba en torno a la figura de un ginecólogo que decidía quedarse embarazado con el fin de probar sobre sí mismo los efectos de un medicamento para la fertilidad que había inventado. Con semejante premisa no es de extrañar que el film saliera trasquilado en taquilla, por mucha Emma Thompson fichada a golpe de talonario que hubiera intentando dar un cierto toque de pedigrí a la cinta. Lo que sí recuerdo perfectamente es un debate que surgió con un grupo de amigos por aquella época, imagino que en plena borrachera juerguista (de lo contrario no me explico cómo terminamos hablando de este tema), sobre la probabilidad de que algún día la ciencia brindara a los hombres la posibilidad de quedarse embarazados.

La conclusión de tan apasionante debate fue que, obviamente, los machos no queríamos ver esto del embarazo ni en pintura, y ni siquiera los más predispuestos pudieron perjurar que tras el parto aguantarían cuarenta días de nula actividad sexual sólo por prescripción facultativa. Lo bueno de esta clase de discusiones es que todos sabemos que se trata poco menos que de un supuesto de ciencia-ficción, y que de darse algún día esta posibilidad ya nos pillará a todos bajo tierra y por ende sin necesidad de tener que pronunciarnos en serio sobre el particular. Imaginen que su parienta les amenaza con un “el segundo lo tendrás tú o me divorcio”… sudores fríos me entran, francamente. Y ahí andábamos todos felices, como los constitucionalistas antes de que Kosovo se declarara independiente, cuando la semana pasada una noticia nos hizo vislumbrar la pesadilla asomando su cabecita por el horizonte.

En efecto, un tal Thomas Beatie, hombre para más señas, se había quedado embarazado y pretendía dar a luz a su bebé en breve. La historia saltó de blog en blog, de Menéame en Menéame, y me llegó por tantos lados distintos que por un momento ya me vi dentro de cuatro o cinco años abierto de patas en un quirófano con un cirujano vestido de verde metiéndome el dedo por el ojete al grito de “¡empuja!¡empuja!”… ¡El horror! Pero claro, analizando los pormenores del artículo, la cosa se entiende mejor, y es que el amigo Beatie es en realidad un transexual que nació mujer y que, tras varios años de convivencia con su pareja sentimental, ha decidido dejar de tomarse su cocktail de hormonas para poder entrar en gestación como una fémina más.

La moraleja de todo esto sería que, como con los contratos, harán bien en leerse la letra pequeña de los textos que en un mundo internauta se van reenviando de ordenador a ordenador antes de dejarse llevar por su impactante titular. De lo contrario, pueden originar un brote de pánico masivo totalmente injustificado que hará quedar en evidencia a más de uno por no haberse cerciorado bien de lo que leía.

El negocio del hurto, en bancarrota

Interesantísimo este artículo de npr sobre la caída de los robos en EE.UU. No por el hecho en sí, sino por las razones que se dan para ello. En resumidas cuentas, la tesis central se basa en que hoy en día hay menos latrocinio porque la gente tiene de todo. Ya sea una cámara digital, un iPod, un ordenador portátil, un GPS, una radio para el coche o una tele plana, la mayoría de la población anda bien servida en cuanto a chismes tecnológicos que, para qué nos vamos a engañar, son los que monopolizan el sector del hurto en nuestra sociedad (a ver quién es el guapo que entra en una casa ajena a robar papel higiénico, por ejemplo). Sí, claro, siempre quedarán las joyas y demás enseres de lujo, pero el negocio de los cacos está en robar mercancía que luego se venda en la calle con una cierta facilidad, no en acudir a tasadores de paraísos fiscales para endosarles un Matisse sacado de la colección de algún millonario. Y lo que decía: si todo el mundo tiene ya de todo, ¿quién carajo va a comprar estos artilugios robados?

Estirando un pelín más el razonamiento, y como se apunta en Marginal Revolution, si todos nadamos en la abundancia tecnológica es porque en los países asiáticos se dedican a producir mercancía tirada de precio: al ser tan baratos estos productos importados, no vale la pena robarlos. Por tanto, la culpa de que los delincuentes de aquí se queden sin “trabajo” la tienen los bajos salarios de los chinos, demostración palpable de que esto de la globalización nos afecta más de lo que pueda parecer en un principio.

Pero ojo que las mismas estadísticas indican que los atracos en residencias particulares no han disminuido en la misma proporción. En los artículos arriba mentados hacen referencia a la posibilidad de que en los asaltos a hogares ajenos lo que se busque sea dinero en efectivo, pero la tendencia a tener pasta debajo del colchón parece que también es decreciente, así que todo apunta a que en unos años este tipo de crímenes tenderán a la baja. De momento, la única explicación que se me ocurre para el hecho de que el fenómeno siga con fuerza en los países occidentales es precisamente la dichosa globalización, y es que las exportaciones albano-kosovares han crecido mucho durante el último decenio.

Una cuenta de iTunes

La semana pasada lo vi claro, desde el momento en que leí una noticia pescada en Applesfera: por lo visto Apple se está planteando seriamente la posibilidad de ofrecer una tarifa plana para acceder a todo su contenido musical online de forma ilimitada. Piensen bien en lo que quiere decir esto: todo el catalogo de la iTunes Store (creo que sólo le faltan los Beatles y cuatro más para tener el último siglo de música al completo) a su disposición pagando, pongamos por caso, 100 euros al año. Sin necesidad de buscarlo por la mula, o de interminables colas de espera, o de la clásica frustración al comprobar que aquella vieja joya de los ochenta sólo la tienen cuatro gatos mal contados y ninguno se digna a compartirla. Yo mismo, un clásico caso de alergia a pagar por nada que se pueda obtener vía peer-to-peer, debo admitir que me plantearía seriamente la posibilidad de apoquinar la pasta exigida para tener millones de temas a mi disposición con sólo hacer un clic. En parte sería como disponer de una copia de seguridad gigantesca de un disco duro de varios miles de Teras, y bastaría con hacerse a la idea de que el importe que nos cuesta sirve para mantener dicha copia en nuestro espacio virtual personal.

Si decía que lo vi claro es porque hasta el momento las empresas que vendían contenidos culturales en la red habían adoptado la estrategia de ofrecer a precio de saldo elementos unitarios, ya sea canciones, películas, libros o programas. Tal y como está evolucionando el tema (y la noticia enlazada lo confirma), de lo que se tratará en un futuro será de pagar una cuota por acceder a todo lo que queramos sin restricciones de ningún tipo: como pagar por el Digital Plus pero a lo bestia, para que me entiendan. Ellos suministran los contenidos; nosotros accedemos a ellos cómo y desde dónde queramos. Fantástico, ¿verdad?

Pues en parte sí, pero hay algo que me tiene mosca. Miro mis estanterías y están repletas de libros, de películas, de discos… toda una vida recopilando material para legarlo a la posteridad, todo un montón de recuerdos ahí expuestos para que mis descendientes se hagan una idea de quién fui yo en su momento; de qué cosas me gustaban; de qué películas, series, discos o novelas marcaron mi carácter de una forma determinada… todo eso desaparecerá para siempre si el nuevo modelo de negocio internauta termina imponiéndose, y no duden ni por un instante que lo hará. Se acabó el fetichismo de coleccionar obras culturales para saborearlas en la intimidad; ni rastro de aquellas expediciones eternas por las tienduchas de discos de la ciudad en busca de aquel vinilo añejo que tanto significaba para nosotros; nada de pasarse libros de mano en mano hasta que el olor a tinta se desvaneciese a medida que el contenido de esas páginas iba llenando la imaginación de sus lectores… En definitiva, todas nuestras aficiones y gran parte de nuestra personalidad se hallarán embutidos en una pantalla de ordenador, y Dios quiera que no nos corten la luz o se nos caiga el ADSL. Me pregunto qué cuernos les legaré a mis hijos o a mis nietos ahora que toda esa ingente cantidad de material pasará a ser engullida por las multinacionales audiovisuales y almacenada en un rincón diminuto de internet. Supongo que siempre podré dejar mi iPod en herencia, aunque dudo que esté fabricado para durar muchos años. Como último recurso, tendré que decirles a mis nietos que la vida de su abuelo se encuentra embutida en una cuenta de iTunes, ubicada en un lugar remoto a la espera de que el servidor la borre por falta de pago cuando yo ya no esté. Que sigan pagando si quieren que mi recuerdo no se desvanezca para siempre jamás… desde luego, el negocio puede ser redondo si encima nos atacan por la vía sentimental.

Duendecillos malignos

Déjenme despedirme, antes de que me vaya de vacaciones santas hasta el próximo martes, con una de esas historias que seguramente los niños que vayan de campamentos se contarán a partir de ahora frente a una fogata a la luz de la luna. En Argentina acaban de descubrir a su particular versión perversa de David el Gnomo (obviamente, no me refiero al comentarista habitual de este blog). Para que vean que la cosa va en serio aquí mismo les adjunto el extracto del vídeo, grabado a través del teléfono móvil de un joven que se había reunido con los amigotes en una noche oscura al lado del cementerio local, donde se aprecia con claridad a una “terrorífica” figura avanzando por el sendero a la luz de la luna:

Sí, ya sé que no resulta demasiado aterrador. Es más, yo creo que la culpa de que todo el asunto desprenda un tufillo de falsedad descarado es que, si se fijan, el supuesto gnomo lleva unos andares de borracho más que evidentes. Esto, unido a su pobre estatura, hace que cualquiera con dos dedos de frente que se halle en el sitio de uno de estos chavales, cinco tíos más o menos fornidos frente a semejante criatura, deba por fuerza intentar apresarlo para forrarse después exhibiéndolo en un programa tipo “Cuarto Milenio” o explotando el tema comercialmente del modo más conveniente posible. Vaya, que yo no me lo pensaría ni por un segundo. En todo caso seguro que mi reacción no sería la descrita por este artículo:

El extraño y diminuto ser se desplaza en forma lateral y parece amenazar con avanzar hacia el que lo filma.

En el audio del corto video al principio se escuchan carcajadas de muchachos y de pronto todo cambia a gritos desesperados y concluye con la huida del lugar.

“Esto no es broma; todavía tenemos miedo de pasar por aquí, igual que los vecinos. Uno de mis amigos se asustó tanto que tuvimos que llevarlo al hospital”, concluyó su relato el joven.

¿Les causa risa? A mí también, pero como este tipo de noticia me retrotrae a mi más tierna infancia, una época en la que mis pesadillas andaban trufadas de espíritus y fantasmas, les confieso que por un momento me gustaría que los periódicos y los telediarios se nutrieran un poco más de este tipo de eventos y un poco menos de historias políticas, deportivas, religiosas y demás crónica negra a la que nos tienen acostumbrados. Total, ahora los noticiarios también andan poblados de fantasmas, pero muchísimo menos terroríficos y mucho más odiosos que un inofensivo gnomo mareado que tira piedras a los gamberros que lo despiertan a medianoche. Puestos a que me cuenten mentiras, que por lo menos muestren algo de imaginación, ¿no? Tampoco me creo las de ahora… Sirva pues este estúpido post como homenaje a un tipo de prensa sensacionalista propia de un tiempo en el que todos éramos más crédulos y felices, y que ni siquiera las nuevas tecnologías consiguen erradicar del panorama informativo. Que pasen una buena Semana Santa, panda de ateos descreídos.

Ay Dalai

Acostumbrado a vivir en un país en el que no hay un solo cargo político que dimita ni por asomo, anonadado me he quedado al enterarme de que ni más ni menos que el mismísimo Dalai Lama se plantea dimitir si continúa el conflicto entre China y el Tíbet. Lo cual equivale a decir que dimitirá en breve, dado que la contienda dudo mucho que se resuelva en los próximos cuatro o cinco siglos. Hasta ahí nada que objetar, realmente, y comprendo que el hombre tenga ganas de apearse del autobús después de ver que las cosas por aquella región no hacen más que empeorar y que no hay santa paciencia budista que aguante semejante fregado ante la indiferencia total de la comunidad internacional.

Llámenme tiquismiquis si quieren pero, a pesar de que como he dicho puedo comprender su postura, una duda me asalta: ¿se puede dimitir de Dalai? Lo pregunto desde la total ignorancia, debo reconocerlo, pero tenía entendido que esto de ser la enésima reencarnación de Buda era algo que te venía impuesto “desde fuera”. Como el pobre Neo de Matrix, para que nos entendamos: un marrón divino que escapa al control del propio sujeto al que le toca sufrirlo. Supongo que todos recuerdan a Osel, el niño lama de las Alpujarras, un chaval al que los monjes tibetanos vinieron a buscar porque un designio mayor les había revelado que este infante estaba predestinado a convertirse en Dalai. Si quieren saber de él no duden en pinchar en el enlace que les he suministrado, donde descubrirán cosas tan interesantes como que “hace cinco años, cuando tenía ocho, Osel envió una cinta a su madre desde el monasterio: ‘Mamá, ven y sácame’”, o que “le gustan Mecano, Michael Jackson, los vaqueros, los dibujos animados y los pepinillos”. Ahí lo tienen: un chaval normal, que hoy en día estaría tranquilamente pillando cebollones en las discotecas de su pueblo y metiendo mano a las chicas por debajo de sus faldas, se encuentra por culpa de algo que no entiende y que escapa a su control en un monasterio tibetano con el pelo rapado y con cuarenta años por delante de andar descalzo y con una manta naranja como única vestimenta.

Por eso cuando he leído la noticia de la dimisión he pensado en el pobre Osel. Imagino lo que debe estar pasando por la cabeza de este chaval en estos instantes: “¿así que este tío puede dimitir y yo no?”, y comprendo que debe pensar que el camelo budista es una gran injusticia. A no ser, claro, que hagamos caso de este artículo en PDF que revela que en realidad el Dalai Lama es un agente de la CIA infiltrado, y que por tanto el hombre de lo que está dimitiendo es de su vinculación con el cuartel general de Langley. Más le vale que le cuenten esta patraña al pobre Osel y que éste tenga ya tan lavado el cerebro que se lo crea, porque de lo contrario me da en la nariz que nos va a salir un Dalai más parecido a John Rambo (otro que profesa la fe budista en sus películas) que al calvito sonriente que aparece en las postales tibetanas. Por el cabreo, más que nada.